Happenings provides references on art events, exhibitions, biennales, art fairs and festivals, with a focus on Abstraction in Action artists and post-90s abstraction from Latin America.
Partiendo de la analogía entre las dimensiones de la vidriera y su taller, Carola imagina la idea de transparentar la realidad de su espacio/taller, lugar en donde conviven una serie de materiales que en su acomodo, se superponen, se conectan, se ensamblan. Esa lógica, trasladada a la vidriera del Espacio de Arte de la fundación OSDE, tiene como resultado Espacio es espacios. La vidriera, tridimensional pero no transitable, sugiere algunos desafíos en los que Zech se ha detenido para proyectar su obra.
En sus obras en general, Carola busca mostrar la relación entre el color, el espacio y la forma, relación en sus palabras, magnética. En esta oportunidad, poniendo en tensión la dualidad del espacio tridimensional intransitable, decide desestructurar su lógica a partir del dibujo con formas que, vistas a través del vidrio, resultan en un espacio bidimensional como el de la pintura. El espacio real se multiplica entonces, según señala la artista, en espacio/contexto, espacio/taller, espacio/pintura, espacio/tridimensión.
Resuena cierta tensión espacial, abstracta, ambigua, como tejida de pequeñas inexactitudes, de corrimientos sutiles, pero también de ajustes sorpresivos e innecesarios.
En la construcción de un espacio paralelo con realidades, circulaciones y códigos de habitabilidad superpuestos, el hecho artístico se traspasa al espectador, al que mira, al que recorre ese espacio, convirtiéndolo en catalizador, en el Capitán Morris del cuento de Bioy. ¿Cómo reaccionaríamos si al despertar una mañana nos encontráramos con una realidad físicaligeramente alterada?, y lo peor: ¿qué pasaría si ese ligeramente fuera la prueba irrefutable de que no somos ya quiénes y cómo éramos la noche anterior?
Entremos a la sala. Agucemos los sentidos. Veremos asomar guiños literarios donde lo ficcional se pone de uno y otro lado de la pared, alternadamente. Ficción por delante o ficción por detrás, pero, al final, lo que prevalece va más allá del cuento. El señalamiento principal pone el dedo en lo presente, en lo residual, en las presencias como huellas, en la posibilidad de la multiplicidad… y en el regodeo en ella.
Aquel “montaje de tiempos heterogéneos” del que habla Didi-Huberman, y que se me antoja (Bioy nos lleva irremediablemente a Borges, y este punto sería un buen tema al que volver en clave estética una y otra vez) tan central en la producción artística contemporánea, es un buen punto para detenerse a observar y pensar. ¿Qué posibilidades de ser leído y clasificado temporalmente tendrá en el futuro nuestro legado contemporáneo de imágenes, fábrica de citas y re-visitas del pasado artístico, rey indiscutido de la posproducción, el ensamble y el objet trouvé?
Pero ese no era el punto, aunque ayude a potenciarlo y darle densidad. El punto es el espacio en sí, la referencia a él, a los modos de habitarlo y sus derroteros; su condición de vórtice de tiempos yuxtapuestos. Es aquí y ahora en donde la irrupción de Ignatti y de Soriano convierten la densidad semántica (y ya altamente citacionista) del estilo Belle Époque en sombras desclasadas, en artefactos irracionalmente inútiles como eco de realidades abandonadas: un espejo retrovisor donde asomarse a la mismidad de las cosas y a nuestro torpe circular entre ellas.
Arte y lenguaje confluyen en la obra de Eduardo Costa desde mediados de los sesenta, cuando se dedicó a revisar el status institucional de los géneros y las disciplinas artísticas. Más tarde, en los tempranos noventa y luego de diversas experiencias en la vanguardia argentina, brasileña y neoyorkina, trabajando con los medios de comunicación, la moda y la información, Costa abordó por primera vez a la pintura.
Desde su visión de artista conceptual, la pintura no es solo una técnica sino que concentra una visión del mundo: involucra aspectos de índole cultural y psicológica que subyacen a las imágenes que nos rodean y forman el horizonte cognitivo de nuestra época. Así, sus primeras pinturas volumétricas dotan a la pintura de aquello que le faltaba, la tercera dimensión, y demuestran que la representación en el arte es una convención llena de metáforas que apenas distinguimos como ficciones. Capa sobre capa de pintura acrílica Costa hacía frutos, flores, animales y objetos que podían formar parte del universo que el arte europeo occidental denomina “naturalezas muertas”.
Al igual que el derrotero de la pintura en la historia del arte, las pinturas volumétricas pasaron del naturalismo a la geometría y luego a la completa abstracción. De las esferas, cilindros, paralelepípedos, nacieron los actuales monocromos expandidos, fragmentos de paisaje, el tema que le faltaba explorar. Sin dudas, el paisaje no es la naturaleza sino una construcción cultural acerca de cómo la percibimos, un género artístico. Así, la iniciativa del artista fue invertir la operación y buscar los monocromos en la naturaleza. Revisando la tradición, la pintura es concepto y también es materia. El hecho pictórico, como lo reivindican los pintores, es aquello que sucede cuando el tema, la representación, se desvanece. Las obras de Costa podrían ser solamente el enunciado que les da existencia, como fueron en los años sesenta cuando experimentaba con la comunicación. Sin embargo, hoy el artista siente en la rotundidad de la materia un mensaje encriptado, como un código genético que tal vez garantiza la pervivencia de ideas, imágenes y percepciones. Un sistema cuyo sentido sea sostener antiguas codificaciones que definen lo humano.
María José Herrera
Image: Eduardo Costa, “Zapallo redondo”, 2008-2009, Pintura acrílica maciza, 20 x 46 x 38 cm
Embracing the instability of perspective and form, New York artist Marta Chilindron (b. 1951, Buenos Aires) creates manipulable sculptures in transparent and colored acrylics. Adapted from such basic geometric shapes as spheres, cubes, and pyramids, her artworks conceal their identity as complex, kinetic constructions. Constructed from multiple panels connected by hinges, Chilindron’s sculptures are charged with transformative potential that, when activated by the viewer, cause the works to expand//fold//collapse.
An heir to international constructivism, Chilindron’s artworks recall the influence of such artists as Naum Gabo, Lygia Clark, and Donald Judd. However, to this tradition Chilindron adds her own investigations based on her interest in the dynamism and mutability of life. Controlled by the viewer yet mediated by their constructed forms, her artworks transform shape, shift from the second to the third dimension, and extend and contract into space. Magnified by the chromatic interplay caused by the effects of light, these changes underlie the core of her artistic practice.
Providing a dramatic contrast to the ornate interior of the Duke House, seven works by the artist will be on view in the lobby and vestibule of the Institute of Fine Arts for the Fall 2014 Great Hall Exhibition. Focusing on Chilindron’s engagement with idealized geometric forms, these works, executed between 2006 and 2014, will show the diversity of the artist’s practice, ranging from table-top objects such as the curvilinear Helix (2011) to her large-scale Cube 48 Orange (2014). This latter work represents Chilindron’s expansion into immersive sculptural environments, and is being shown in New York for the first time since its debut in the Encounters exhibition at Art Basel Hong Kong, held in spring 2014.